Compartiendo Impresiones: Un Rumor de Guerra.

   […] La gente no quería saber nada de la confusión que reinaba en el espíritu de los combatientes, ni oír los aullidos que les llegaban desde el corazón mismo de las tinieblas, ahí, en el vientre de la Bestia. Y los dos bandos que alimentaban el debate que existía en Estados Unidos en torno al Vietnam compartían la misma sospecha, en ocasiones incluso con un trasfondo de desdén, hacia los veteranos de guerra. Según parecía, los que luchaban en la guerra eran muchachos procedentes de los suburbios o hijos de granjeros, mecánicos o albañiles, mientras el debate se libraba entre los hijos de las élites. Resultaba evidente que la clase dominante, la que nos había metido en Vietnam, no mandaba a sus hijos e hijas allí, y de hecho, sus hijos e hijas eran precisamente los principales abanderados del movimiento antibelicista.
   Cuando en 1975 cayó Saigón, muchos “halcones” tenían una visión casi caricaturesca de los veteranos de Vietnam a los que veían como rebeldes, perdedores y desgraciados drogadictos, la prototípica imagen del culpable de la derrota americana. Y también la izquierda proyectaba la misma distorsionada imagen del veterano como un ser que, en el mejor de los casos, era un pobre analfabeto cabeza hueca con un arma en las manos, y en el peor de los casos, un psicópata vestido de uniforme. […]

UN RUMOR DE GUERRA
Nota Final
Philip Caputo

Conceptos, escritores y una pequeña historia.

   A veces escribo. Llevo haciéndolo toda la vida, de hecho. No mucho -va por temporadas, por diversas razones- pero escribo. Nunca he dejado de escribir, como me recriminan a veces en las convenciones y quedadas aquellos que son lo suficientemente veteranos -que no es lo mismo que viejos- como para recordar los fanzines y antologías donde de vez en cuando se dejaba caer un cuento mío, o incluso algún ensayo. Nunca he dejado de escribir, repito. Probablemente no podría.

   No tengo, en cambio, esa fiebre -que siempre ha existido, pero que últimamente se ha convertido en obsesión, diría yo- por publicar. Siempre he pensado que las cosas llevan su tiempo, que tengo aún mucho que vivir, leer y experimentar (cuanto más de las tres cosas, mejor) y que de momento, mientras el cuerpo aguante, esas tareas ocupan eficazmente una cantidad excesiva de mi energía y de mi tiempo. Creo, además, que esa vida atesorada es indispensable para llegar a tener algo verdaderamente importante que contar, y que también ayuda a saber cómo hacerlo del modo más eficaz llegado el momento. Por supuesto, no pienso que este modo de actuar sea una verdad universal acerca de cómo llegar a la literatura, pero a mí me funciona, y me gusta lo que el tiempo y la experiencia hacen con las ideas que rondan y se empujan desde hace años en mi cabeza.

   Quizá por eso precisamente me pasma esa especie de obsesión compulsiva de la gente por ser escritor. No por escribir, sino por ser (tal vez también sería de uso adecuado aquí el término figurar). Una vez más, lo que importa, aparentemente, es llegar, y no cómo se llega, ni que se va a hacer cuando se esté allí. Curiosamente, sospecho que el cine y la televisión tienen buena parte de la culpa, al hacer válidos y creíbles en la mente de los espectadores modelos idealizados que la gente cree que son reales sobre la supuesta vida de los escritores. De hecho, creo que tiene mucho que ver que la obsesión por “ser escritor” haya alcanzado cotas tan altas entre generaciones que leen muy poco, y que consumen en cambio vorazmente horas y horas de cine y televisión. Ahondar en el tema sería interesante, y a lo mejor alguien lo propone como mesa redonda o tema para una charla abierta en alguna parte. 

   Sospecho, además, que esta incomprensión ”conceptual” por mi parte es en cierto modo un problema generacional. Los escritores de género de mi quinta -es un decir- se desarrollaron lenta y dificultosamente con algo parecido a lo que los romanos llamaban el cursus honorum, la carrera pública que se realizaba empezando por lo más bajo del escalafón, y a la que todo joven prometedor debía entregarse para alcanzar un día los más altos honores de la república. Este “cursus honorum” de la literatura de género pasaba por ser aceptado en los fanzines de la época -auténtico filtro de calidad al que se llegaba a través del correo postal y las largas esperas-, y una vez pasado este examen, que podía durar años (en equivalente literario apenas un puñado de cuentos, dada la periodicidad de la mayoría de ellos) se ascendían los escalones siguientes hasta alcanzar las revistas, las antologías o la excepcional publicación de alguna novela. El proceso exigía, además, un interés claro por la literatura en general -y no sólo de género, como a menudo ocurre ahora- y una adquisición de las herramientas básicas necesarias a través del conocimiento de al menos una parte del Canon de la Cultura Occidental. Todo ello implicaba, por supuesto, muchas horas de lectura, de cine, de cómic, de revistas difíciles de conseguir y de títulos de los que uno había oído hablar, y se sazonaba además a lo largo de los años con tertulias tormentosas, largas discusiones, tardes enteras buscando por las librerías (insisto, no había internet) o incluso viajando a Madrid y Barcelona en busca de nuevos libros y nuevas opiniones que a menudo era imposible encontrar en el entorno inmediato.

   De algún modo tengo la sensación, desde hace tiempo, de que todo ese lento proceso de filtrado y aprendizaje, de búsqueda de la “excelencia”, que diría el Señor Burns, casi ha desaparecido. Las consecuencias darían para un texto mucho más largo y una buena serie de carcajadas, pero creo que con estas pocas líneas ya he conseguido parecer lo suficientemente viejuno, taciturno y cascarrabias como para no tener que esforzarme más.

   Dejo, en fin, como compensación, un testimonio adecuado para ser convenientemente acuchillado por quienes se hayan indignado al leer mis anteriores líneas. Se trata de un enlace a un cuento propio que El resto es silencio ha tenido la amabilidad de publicar. El cuento es inédito. Se escribió hace algunos años, en un mundo diferente. No es un relato de género, no figuró en ninguna antología, no fué editado por ningún fanzine y tuvo el extraño destino de acabar convertido en guión de un corto rodado en asturiano. Incluso hice un pequeño papel. Como nunca he tenido intención de llegar a ser escritor, me alegra decir que escribirlo me procuró numerosas satisfacciones -me hizo vivir y sentir un buen montón de experiencias- y que algún día, de algún modo, el trocito de vida que le debo a esa historia formará a su vez parte de algo que escriba y que espero que sea además un poco mejor.  Y mientras tanto lo someto, amable lector, a tu inapelable juicio.

Vuestro, afectuosamente

Skalagrim.

La Sabiduría del Recuerdo: la UE, el Muro, la SGAE y Dalton Trumbo.

   Hace tan sólo unos días -tú también lo habrás leído en la prensa, estimado y abandonado lector- el parlamento de la Unión Europea aprobaba el marco legal que permitirá a los gobiernos que lo deseen autorizar el corte de la conexión a internet de aquellos usuarios que usen dicha conexión para enviar o recibir “contenidos protegidos”. Sin necesidad de orden judicial, aunque “mediante procedimientos justos y equitativos” que el parlamento, por cierto, se guardó mucho de detallar.

   Probablemente los lectores inteligentes de este blog no necesiten que yo les explique qué oscuras puertas y que aterradoras posibilidades se abren para los ciudadanos de la Unión con esta “inocente” medida. Probablemente los intelectuales y artistas -y las asociaciones que en su nombre se han atribuido la gestión de esos derechos- que hoy respaldan y aplauden con entusiasmo esa posibilidad normativa, provocada, buscada y forzada por ellos, no sean conscientes de la Caja de Pandora que han abierto, y que probablemente termine por devorarles algún día. Dudo que, al retintín del dinero cayendo en sus bolsillos, se hayan parado a pensar en las implicaciones y posibilidades de esa herramienta de censura y control que acaban de crear, y me pregunto si alguno de ellos ha oído hablar de cierta historia que comenzaba con unos derechos y un plato de lentejas (probablemente no).

   Casualmente, hace sólo unos días se celebraba también, siempre con el correspondiente boato y alegría, el aniversario de la Caída del Muro de Berlín. Las cosas que hemos podido oír y ver estos días han sido cuando menos curiosas. Ha habido documentales, entrevistas, tertulias y comentarios a porrillo. Se han podido oír y ver cosas hilarantes (las tertulias de “expertos en todo” de este país parecen un permanente Festival del Humor),  aterradoras por la ignorancia subyacente o directamente hirientes. Desde una celebración casi obscena del triunfo del capitalismo, donde se decía a las claras que ya no hacía falta mantener a los trabajadores medio contentos a causa de la Tentación del Este, hasta un lamento por la desaparición de la estabilidad que había significado la Guerra Fría.

   Al parecer, que las mejoras sociales en el oeste mientras existía el Telón de Acero fueran obtenidas al precio de la desesperanza y la pérdida de libertad en la otra mitad de Europa no parecían un precio excesivamente alto para algunos comentaristas “ de izquierdas” del mundo occidental, que atribuían la desaparición de los trabajos sindicados y las mejoras salariales continuas en USA y en algunos países occidentales a la desaparición de la amenaza comunista. Casi en la misma onda, aunque esta vez desde una perspectiva de satisfacción imposible de disimular, algunos comentaristas del nuevo conservadurismo duro celebraban la posibilidad de acabar con tantas contemplaciones sociales y la posibilidad de volver a la senda del capitalismo manchesteriano, convertido en Vía Única e Incontestable una vez demostrada la “imposibilidad de los modelos socialistas”. La satisfacción desbocada de algunos de estos comentarios les hacía olvidar, por un  momento, la que está cayendo sobre el mundo en estos momentos, precisamente a causa de las recetas liberales sin control de las que se mostraban tan satisfechos. Que esa prosperidad se levante con mano de obra infantil y en condiciones que rozan la esclavitud extrema en algunos países de las llamadas Economías Emergentes tampoco parecía preocuparles demasiado. Lo cierto es que, si nunca les ha preocupado en absoluto, menos lo va a hacer precisamente cuando están de fiesta.
   Y sin embargo hubo gente al otro lado de ese Telón de Acero que resistió. Si no en la calle, sí en su mente. Sí en pequeños actos. Sí en ideas transmitidas a pesar del miedo, de las perseciones, de la desconfianza y de la delación. Lo que nadie dice, lo que nadie recuerda, lo que nadie destaca, es que no fueron los ciudadanos de la parte occidental quienes lo derribaron, sino aquellos a los que el muro encerraba. Lo que nadie destaca, a pesar de que las imágenes son claras, es que hubo gente al otro lado del Muro que nunca se rindió. Y que fueron ellos quienes lo derribaron.

   Curiosamente, hace tan solo unas horas saltaba a los medios la polémica despertada por la supresión en Youtube del canal de la revista satírica El Jueves. Un equipo de abogados especializado en tales lides, contratado por autoproclamado aunque indefinido artista Ramoncín (pocas veces ha sido tan dignamente usado un diminutivo) se encargaba de dicha supresión. Al parecer, las plataformas de contenidos de internet son de una endeblez pasmosa, y basta con hacer un ¡¡Bhuu!! Para que supriman de inmediato el contenido que sea, sin entrar en averiguaciones de si tal contenido merece ser suprimido o no. Es una circunstancia que vemos a diario en otros entornos, como Facebook, y que parece responden a la política del pragmatismo sin disimulos de “no te comprometas, no te busques líos, no te impliques, lo que sobran son usuarios, si quieren derechos que se compren un poste…”. La red se está convirtiendo, tanto en el aspecto comercial como en el del uso, en un gigantesco monumento a la expresión “Es lo que hay”. Vamos, que si no te gusta, te jodes.
   Todo esto resulta preocupante por varias razones. Algunas tienen que ver con la naturaleza de la red, contradictoria y extraña donde las haya, en ciertos aspectos una amenaza creciente para el capitalismo clásico y en otros uno de los campos libres de normativa donde éste puede desarrollarse como en los viejos buenos tiempos de la desregulación total. Por otra parte, el intento regulativo, en lugar de luchar por frenar estos excesos que atentan contra los intereses de los ciudadanos (consumidores) y sus libertades básicas –expresión, información, asociación, etc- lo que intenta desesperadamente es asegurarles a los propietarios su dinero –y el que no es suyo- por encima de todo, aplicando la máxima de prohibir y cobrar primero y preguntar y averiguar después. El Artista Anterior y Justamente Llamado Ramoncín es uno de los representantes menos afortunados de una entidad privada que gestiona derechos a troche y moche, sean suyos o no (en Asturias está intentando cobrar a los ayuntamientos por las interpretaciones tradicionales de los pasacalles, y la SGAE anima a artistas y compositores a hacer pequeñas variaciones sobre esas composiciones tradicionales para así poder registrarlas como propias y que ella pueda cobrar derechos por la música tradicional). Para lograrlo, estos antiguos representantes de la progresía y la transgresión recurren a cualquier recurso, incluidos la intimidación y el espionaje, y los sucesivos gobiernos de este país, lejos de frenarles, han apoyado con la carga legislativa que fuera necesaria lo que no deja de ser una intervención descarada en lo público de un grupo privado que defiende los intereses de apenas un 1,5% de la población. Es de suponer que a los gobiernos tal conducta les está resultando rentable, como mínimo en cómplices silencios, y de lo que caben pocas dudas es de que a los responsables de la SGAE, antiguos artistas con una trayectoria como mínimo breve y poco lucida, también.

   ¿Y como ha sido posible esto, en una sociedad libre y supuestamente democrática? Pues es bastante sencillo. Con dinero. Con poder. Con la capacidad de convocar a los medios y hacerte oír (esta misma mañana El Artista Anterior y Justamente Llamado Ramoncín estaba invitado en un programa de máxima audiencia de una de las grandes cadenas de televisión nacionales, recurso al que El Jueves, a pesar de ser una revista de tirada nacional, no tiene acceso para explicarse en igualdad de condiciones, por ejemplo). Y porque si eres un particular y te resistes, los abogados de la SGAE se echarán sobre ti, patrullando los juzgados y llevando a pequeños bares y comercios a gastos legales de defensa que no pueden asumir. Si eres un pequeño ayuntamiento, estarás en lo mismo. Y si eres un artista que no está de acuerdo y está empezando, o alguien que no genera grandes taquillas ni tiene una gran fama… Bueno, la SGAE ha sido dotada de la facultad legal de intervenir, por ejemplo, en la confección y legalización de las entradas en cualquier evento del país, de modo que si se te ocurre protestar, o manifestarte en contra de su política, igual te encuentras con que no puedes actuar. No puedes dar conciertos. No obtienes los permisos correspondientes. Se fijarán en ti.
   Y puede que te cierren un canal en Youtube. O que te apunten en una lista.

   Hace algún tiempo me vi en la extraña tesitura de tener que explicarle a un grupo de gente más joven e inteligente que yo (si, ya sé, lo tanto lo primero como lo segundo son circunstancias cada vez más comunes) en qué había consistido la Guerra Fría. Empezando por la caída del Muro de Berlín tuve que retroceder hasta la crisis de Cuba, Vietnam, Corea, La II Guerra Mundial… cuando me di cuenta, estaba en el Tratado de Versalles. Supongo que me enrollo, me lio, me pierdo y me explico muy mal.
   Creo que me encontraría en una tesitura muy parecida si tuviera que explicarle a alguien qué es una lista negra. Que fue la Lista Negra. Como funcionaba, a quien afectó, como modificó la vida de mucha gente, y la cultura, la historia, las costumbres y los sueños de buena parte del mundo occidental. Sus consecuencias, de hecho, se arrastran hasta hoy. Y supongo que en buena medida pueden repetirse, en menor o mayor grado.

   Por suerte la casualidad acudió en mi ayuda, y hace unos días tuve ocasión de ver en Canal + un magnífico documental sobre Dalton Trumbo y la Lista Negra. Cualquier cosa que yo pudiera decir respecto al hilo de esta entrada sobre las relaciones Este-Oeste, el mundo que se fue con el Muro, la libertad de expresión y pensamiento, las maniobras de los poderes fácticos para intentar privar al hombre de esas libertades, la importancia de conocer la historia para verlos venir e impedir que esas maniobras se repitan tan fácilmente… se queda corta ante el documental, que es magnífico, y las circunstancias que en él se relatan superan con mucho la breve e imperfecta exposición que yo pudiera hacer aquí. Y está, además, lleno de textos que Trumbo escribió en esas circunstancias, tanto pequeñas piceladas de guión como sus menos conocidas Cartas, y de los que dejo un pequeño ejemplo a continuación:

    […] He repartido periódicos, vendido verduras, he sido dependiente, camarero, he lavado coches, he recogido fruta, he remojado cadáveres infectados, he apaleado remolacha, cargado de hielo camiones, he tendido raíles de ferrocarril, he sido reportero en periódicos, he trabajado ocho años en el turno de noche de una gran fábrica.
   He mirado a muchos rostros estadounidenses. Los he visto mientras el fuego antiaéreo estallaba en torno a ellos a 9.000 pies sobre Japón, en una trinchera de Okinawa observando el cielo nocturno para ver dónde caería la próxima bomba, en una lancha de desembarco mientras avanzaban hacia una playa que se sacudía más violentamente que las aguas por las que navegaban.
   He aconsejado a una prostituta en libertad provisional cómo podía escapar de un policía que la había trincado y le estaba robando la mitad de sus ganancias y la enviaba a sus amigos con tarjetas de cortesía que les daban derecho a acostarse con ella gratis.
   Luis B. Meyer me ha preguntado que por qué no tengo religión, y un alto cargo del Departamento de Estado cómo es que trabajaba con “esos judios de Hollywood”.
   He visto rostros estadounidenses en una iglesia congregacionista de New Hampshire, donde un colega y yo viajamos con una escolta de estudiantes. He visto sus caras en un sindicato de mineros de Duluth una noche en la que el viento que venía del lago traía la nieve de una forma tan furiosa y en tal cantidad que los coches no se podían usar. Todos fueron andando a la reunión.
   He visto sus caras en el salón de banquetes de un hotel de Nueva York cuando la Asociación de Libreros Estadounidenses me dio el Premio Nacional del Libro. Y he vuelto a verlos en el jurado cuando todos decían “culpable”, mientras una de ellas lloraba al decirlo.
   Los estadounidenses me han desnudado, y he desfilado desnudo con ellos, y ante ellos me he inclinado al mandarme mostrar el ano para que me registraran por si llevaba contrabando. He vivido, y he confiado en ellos, y ellos en mí, con ladrones de coches, abortistas, contrabandistas de alcohol, malversadores y rateros, Testigos de Jehová y cuáqueros.
   He estado en un día gris en el cementerio de Iwo Jima de la Quinta División de Marina y he visto las tumbas de 2.198 estadounidenses. Y en el centro de las sepulturas, en un delgado mástil blanco sobre un pedestal de cemento, ondeaba la bandera de los Estados Unidos. Y juro que no era la bandera de los delatores. […]

   Cualquier persona interesada en temas como la libertad de expresión, la dignidad personal y la capacidad de resistir a las peores presiones en tiempos oscuros encontrará este documental -sí, es un enlace claramente perseguible- de su interés. No tiene desperdicio. Disfrutadlo. Y si es posible, si es humanamente posible resistir, y al parecer así es, no os rindais.

   Vuestro, afectuosamente.

   Skalagrim 
 

Facebook al abordaje: manos arriba…

   Siempre sospeche que algún día comenzarían a pasar cosas así. Que una vez todos enganchados al Messenger, a Yahoo o a Windows Live recibiríamos un día un mensaje diciendo que el servicio dejaba de ser gratuito, y que por tal o cual sistema de pronto habría que empezar a pagar por él. Y sabía que no era ninguna ida de olla extraña de mi creciente paranoia porque a menudo oía en tertulias y conferencias, o leía en artículos especializados, que tal o cual asociación de empresas de servicios de internet estudiaba empezar a cobrar por volumen de correo o por espacio usado, como cuando adquieres un dominio y alojamiento propios. Es decir, además de por el ancho de banda y la conexión, como hasta ahora, temía que empezaran a cobrarnos también por el uso propiamente dicho de internet…

   Pero no, han sido más sutiles (es un decir), como se puede leer en , una vez mas, aquí.

   A raíz de esto he cursado a mis contactos en Facebook, mediante el propio sistema de mensajes, el siguiente aviso:

   Hola a todos.

   Una vez leído el enlace de Sergio y vistos los cambios en las condiciones de uso de Facebook por los que se apodera de los derechos de todo lo que se coloque en su red social, he decidido sacar los enlaces de mi blog que aparecían en mi perfil y limitar al máximo mis aportaciones a su Red.

   Algunos de vosotros habéis subido a Facebook -o hubierais podido hacerlo en el futuro- fotos mías o fotos en las que yo estaba incluido. Agradecería que fueran borradas, o en su defecto -si esto ocasionara algún engorro por aparecer en ellas otras personas-, que aquellas en las que yo salga sean modificadas antes de subirlas para suprimir mi imagen. Si alguien tuviera algún problema al respecto agradecería que se pusiera en contacto conmigo, y en caso de que las fotos no pudieran ser retiradas que al menos no se me etiquetara sin ser consultado.

   Evidentemente no se trata de que yo mismo me considere importante o del uso comercial que pueda tener mi imagen o imágenes, sino de una cuestión de derechos tomados al asalto y por las bravas. Probablemente mi imagen y mis palabras no valgan más que un pimiento, pero el pimiento es mío.

   Podéis difundir o repetir este mensaje, si os apetece, cuando y dónde consideréis necesario. Muchas gracias.

   Y así están las cosas. No dudo que tendrán copia de seguridad de todo lo ya insertado, añadido o subido a su sistema, y por tanto que posean ya una inmensa cantidad de textos y fotos nuestros que consideran, sin medias tintas, suyos. Solo puedo decir que pocas veces había contemplado una maniobra de codicia tan torpe y hambrienta como esta. Como decía Norman Mailer, el capitalismo carece hasta tal punto de sentido de la medida que, si se le dejara, terminaría devorándose a sí mismo.

   Vuestro, afectuosamente 

El Invierno del Ronin.

   Corría el año 1701, y los señores Tokugawa gobernaban un Japón adormecido, puño de acero envuelto en seda, cuando el Emperador envió a tres de sus embajadores para presentar los saludos del Año Nuevo.
   La etiqueta exigía ceremonias elaboradas y rituales exquisitos. El shogún Tokugawa Tsunayoshi encargó a uno de sus daimyo, el noble Asano Takumi No Kami Naganori, que se hiciera cargo de las ceremonias. Este sabía que el honor concedido era enorme, pero también conocía sus propias limitaciones, pues procedía de la pequeña ciudad de Ako, y no estaba familiarizado con las normas cortesanas de Edo. Un alto funcionario de la corte, Kira Kozukenosuke Yoshinaka, debía ayudarle en sus obligaciones. Sin embargo Kira era un hombre materialista, que había ascendido en la escala social mediante el soborno y el mercadeo, y que consideraba el dinero el origen y el fin de todas las cosas. El funcionario esperaba que Asano le recompensara económicamente por hacer su trabajo, mientras que el noble de Ako, de una ancestral familia samurai, creía que Kira debía cumplir con sus obligaciones sencillamente porque ése era su deber.
   El noble Asano envió a Kira los regalos que la cortesía dictaba en gratitud por su ayuda, pero Kira Yoshinaka consideró los presentes escasos e indignos de su persona, aunque no dijo nada. Por el contrario, fingió estar dispuesto a prestar toda su ayuda a Asano, aunque en realidad le ignoraba cuando le convenía y otras veces le aconsejaba todo lo contrario de lo adecuado para cada ocasión. Así, le indicaba que debía acudir vestido de corto a las ceremonias de rigurosa etiqueta, o por el contrario, aparecer con elaborada vestimenta en encuentros informales. Finalmente, en la ceremonia de despedida, Asano se vio profundamente abochornado al colocarse, por consejo de Kira, en un lugar impropio, siendo corregido en público.
   La paciencia de Asano había llegado a su fin. En plena corte del shogún, Asano respondió al último insulto -una insinuación de Kira hacia su esposa- abriéndole un corte en la frente con su wakizashi. Antes de que pudiera matarle, los presentes lo inmovilizaron y lo sacaron de los salones públicos, evitando que sus hombres pudieran ayudarle. Asano quedó así a merced de la justicia de Tokugawa.

   Y el shogún estaba furioso. Sólo ya esgrimir un arma en la corte constituía una grave ofensa. Atentar contra la vida de otro en su presencia era impensable. El noble Asano no intentó defenderse en la investigación oficial, y el shogún dictó una condena de muerte, ordenándole que realizara la ceremonia del seppuku.
   Asano afirmó no guardar rencor alguno por lo que consideraba una sentencia justa, pero lamentó profundamente no haber matado a Kira. Cuando un samurai de su escolta acudió a recoger su mensaje final, Asano le dijo “Oishi sabrá qué hacer”. Luego escribió su poema de despedida y se suicidó ritualmente.

   Entre los hombres que servían al noble Asano se encontraba Oishi Kuranosuke Yoshio, un samurai que comandaba a sus hombres y vivía según los estrictos principios de honor, lealtad y pureza del antiguo Bushido, invocados después del periodo de las Guerras Civiles por el influyente pensador Yamaga Soko.
   Cuando los hombres de Asano se reunieron en el castillo de Ako para decidir qué hacer, las opiniones estaban divididas. Muchos de ellos pretendían defender el castillo contra las tropas del shogún y seguir a su señor en la muerte en una última batalla. Otros lo daban ya todo por perdido, y se habían resignado a convertirse en ronin, samurais sin señor y sin trabajo. Oishi recomendó calma. Muerto su señor, debían intentar proteger al menos los intereses de su viuda y de su hija pequeña. Los convocó a todos nuevamente en el castillo el día siguiente para redactar una apelación que enviarían al shogún.
   De los 300 samurais del señor Asano solo 62 acudieron al día siguiente. Entonces Oishi expuso su plan. Les propuso formular un juramento secreto, defender los intereses de la familia Asano y hacer todo lo necesario para lograr vengar a su señor. Entre tanto, entregarían las propiedades sin lucha y se dispersarían, disimulando sus intenciones. Y los 62 samurais presentes aceptaron el juramento.
   El honor de un hombre es en el honor de su familia y de su clan. La justicia del shogún debía constituir un ejemplo y una advertencia para todos. El hermano de Asano, Daigaku, fue puesto bajo arresto, y las propiedades de la familia en Ako fueron confiscadas. Su esposa permanecería en el exilio. Su hija pequeña fue escondida por Oishi en la mansión de una familia de nobles, donde estaría a salvo. Y así los hombres juramentados abandonaron sus hogares, y, de acuerdo con su plan, se dispersaron.

   El shogún no podía consentir que su sentencia quedara en entredicho. Si alguien lograba vengar la muerte de Asano matando a Kira, su autoridad se vería comprometida, y con ella su capacidad de mantener a los belicosos daimyo a raya. Para impedirlo ordenó a uno de los más poderosos clanes, los Uesugi, que protegiera a Kira Yoshinaka con los medios que fueran necesarios. Al mismo tiempo, intrincadas redes de espias e infiltrados comenzaron a seguir a los hombres de Asano, particularmente a Oishi Yoshio, para ganarse su confianza, descubrir sus verdaderas intenciones y prevenir cualquier ataque vengativo.
   Durante dos años, los ronin fingieron llevar vidas deshonrosas, entregados a las mujeres y a la bebida. Otros se empeñaron en trabajos de baja estima, como si la miseria los hubiera abatido hasta hacerles olvidar su condición. Uno de ellos incluso llegó a casarse con la hija del constructor de la casa de Kira Yoshinaka para tener acceso a su distribución y otros detalles. Y lentamente, entre trabajo y trabajo, se fueron acercando a Edo, donde residía su enemigo.
   El propio Oishi, férreamente vigilado, se convirtió en un ejemplo de decadencia y sordidez. Le entregó a su esposa una carta de separación para mantenerla a salvo, la mandó lejos con sus hijos y adquirió una joven y bella concubina. Pasaba su tiempo entre borracheras y fiestas, y en una ocasión cayó dormido en la calle, tan bebido que un samurai de Sutsima que pasaba por allí le pateó la cara con desprecio. Y sin embargo, en secreto, los ronin se habían fabricado armaduras nuevas, como símbolo de pureza y para demostrar que iban al combate por lealtad y no por necesidad.
   Los espías se cansaron, los rumores se convirtieron en certezas. Incluso algunos de los ronin juramentados llegaron a creer las historias de deshonor y vergüenza, y abandonaron toda lealtad al juramento.

   Pero 47 de los samurais del noble Asano no habían olvidado. Llegó el invierno, más intenso y más madrugador que nunca, cuando aún no habían transcurrido dos años desde el la visita de los embajadores imperiales. Los campos se cubrieron de nieve. El hielo llenó los tejados, la tormenta de copos blancos cegó a los guardianes. Y el catorce de diciembre del año 1702, vestidos con sus nuevas armaduras y resueltos a cumplir con su señor, los hombres de Oishi Yoshio asaltaron la fortaleza en la que se protegía el antiguo enemigo, derrotaron a sus guardianes, llegaron al corazón del castillo y sacaron a Kira Yoshinaka de su escondite para ofrecerle la posibilidad de que pusiera fin a su vida con un último acto honorable, suicidándose.
   Kira no respondió y blandió sus armas, pero el cortesano no era rival para un samurai experimentado. Oishi le cortó la cabeza con la misma arma que su señor había utilizado en su seppuku. Luego, envolviéndola en un paño blanco, con un mensaje que reclamaba la autoría de su muerte, depositó la cabeza de su enemigo sobre la tumba de Asano en Sengakuji.

   Uno de los ronin partió como emisario para comunicar lo ocurrido al shogún. Otro llevó la noticia a Ako. La viuda de Asano y su hermano Daigaku también fueron informados. A los emisarios se les permitió volver junto a sus compañeros, que aguardaban su destino velando la tumba de su señor. Cuando las tropas enviadas por el shogún llegaron para detenerlos, los ronin se entregaron sin lucha.
   Un clamor popular de emocionado orgullo recorrió Japón. Toda la nación se manifestó a su favor, y la historia comenzó a adquirir tintes de leyenda. Sin embargo, tanto los ronin como el señor Tokugawa sabían que sólo había una salida posible. Sin embargo, esta podía ser honorable.
   Los ronin fueron condenados a muerte, pero en lugar de ser ejecutados como criminales se les permitió realizar un seppuku con todos los honores. Habían sido distribuidos en grupos de cuatro entre los señoríos de Japón, y a medida que iban completando sus ceremonias volvían a unirse en la muerte para descansar en un último lugar: el mismo templo donde aún hoy yacen juntos, escoltando a su señor.
   Con el tiempo, la historia de los 47 samurais fue recogida en obras de teatro y novelas. Cuando el viejo Japón entró en la Era Meiji y abordó la industrialización y la modernidad, el afán de conservar su identidad y sus orígenes hizo que la gente se volviera hacia las viejas historias, y pocas eran tan reverenciadas como la suya. Aún hoy los japoneses depositan flores en el templo de Sengakuji. Allí, una estatua de Oishi y los nombres de los 47 guerreros ronin recuerdan al visitante que la vida del hombre, como un cerezo, florece para marchitarse.
   Pero no dejes que eso te entristezca. Pues el honor, como la memoria, permanece.

   Recibí esta historia siendo aún un adolescente, en esa frontera de edad indeterminada en la que el niño es aún impresionable y el joven es tan engreído como inconsciente. Ignoro si su efecto dejó alguna huella definida en mí. Sólo sé que me ha gustado contarla.

   Vuestro, afectuosamente.